Las maravillosas agencias gubernamentales

cescoEn mi lista de cosas que odio tener que hacer, las visitas a las oficinas gubernamentales están justo entre mi examen ginecológico anual y que me saquen una muela. Las odio con cada fibra de mi ser.

La semana pasada tuve que ir al CESCO a renovar mi licencia de conducir y la experiencia fue definitivamente motivo de escribir un post.
La aventura empezó el día antes, porque éste es un CESCO con horario extendido, para la conveniencia de las personas que trabajamos y no se nos hace tan fácil venir a perder una mañana en una diligencia. El problema es que, si bien el CESCO está abierto hasta las 7:00 p.m., ya después de las 4:30 p.m. están cerradas la colecturía, las oficinas de médicos y abogados donde te haces el examen,  sacas copias, fotos o lo que te haga falta. O sea que, aunque el CESCO esté abierto, no puedes hacer el trámite.

Strike one!

Es decir que, al día siguiente, tuve que venir tempranito otra vez para lo mismo. Voy directo a uno de los kioskos para que el médico, sin siquiera levantar la vista para mirarme la cara, llene el formulario que certifica que estoy en perfecto estado de salud y no seré un peligro público detrás del volante.

La última vez que renové mi licencia, el médico por lo menos hizo el aguaje de chequearme la vista. Pero la de hoy ni eso.

Cuando finalmente entré al CESCO estaban atendiendo al treinta y ocho y yo tenía el cincuenta y cinco. Así que me senté dispuesta a esperar.  Por suerte me había traído uno de los libros que va a leer mi hijo Marco este año en el colegio, El libro invisible de Santiago García-Clairac.

Casi hora y media después (porque sólo había una persona atendiendo) llamaron mi número y me atendió una chica que, por alguna razón,  sintió la necesidad de contarme que a ella la pusieron a atender público aunque no le gusta. Ella antes trabajaba en el departamento que procesa las solicitudes de los carnets de estacionamiento para personas impedidas y ese trabajo sí que le encantaba. De hecho, ella tenía ese departamento corriendo a las mil maravillas. Pero, por un millón de razones (no estoy exagerando; me las dijo todas) que, por supuesto, eran culpa de todo el mundo, menos de ella, la solicitud de una señora se tardó demasiado y se quejó en Fortaleza y a ella la sacaron de su amada oficina. Teniendo en cuenta que éste es un proceso que se tarda en condiciones normales, yo imagino que la señora esperó por meses su carnet antes de ir a quejarse. Pero ni crean que yo iba a cometer el error de hacerle alguna pregunta. Lo único que yo quería era que ella terminara de escribir en su computadora y me devolviera mis papeles.

Lo bueno es que en ese momento a ella le entró una llamada personal a su celular. Llamada que ella contestó allí en mi cara sin inmutarse. Pero, al menos, la llamada resultó ser más importante que yo, porque en seguida terminó conmigo y se fue a una esquina a continuar su conversación.

Pero la cosa no terminó ahí, porque después de escuchar toda esta historia,  tuve que irme a hacer otra fila para que me tomaran la foto. Fila que me tomó unos veinte minutos porque justo en ese momento, el que tomaba las fotos decidió irse de break, aunque había unas cinco personas esperando por foto.

Finalmente, cuando me tomaron la foto, me tocó volver a sentarme y esperar como diez minutos más en lo que imprimían mi licencia.

¿Cuál fue el resultado final? Perdí media mañana en un trámite que debió tomarme veinte minutos.

La buena noticia es que no tengo que pasar por esta experiencia por los próximos ocho años.

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