Diario de lupus – Semana 3

HospitalHoy les escribo desde el hospital. No por efecto dramático, sino porque eso fue lo que me tocó. De hecho, hoy es mi quinto día hospitalizada y les confieso que estoy loca por irme a casa.

Lo que yo inicialmente pensé que era chinkungunya, resultó que no era. Y, en lo que los médicos e ponen de acuerdo de si es una infección o una reacción a un medicamento, a mí me siguen puyando a todas horas del día y de la noche.

La experiencia ha sido bastante traumática, desde el momento en que llegué a la sala de emergencias del Hospital Auxilio Mutuo, donde estuve más de treinta horas. De hecho, el primer médico que me vió, lo hizo después de unas cinco horas de espera. Igual, no fue hasta el día siguiente alrededor del medio día que el especialista decidió que había que internarme.

El tiempo que pasé en sala de emergencias fue uno de los peores de mi vida. En una salita pequeñita con un grupo demasiado grande de otros pacientes con condiciones diversas; sentados en unas sillas súper incómodas con poco espacio. Se sentía como si estábamos unos encima de los otros. Fue una experiencia malísima. Cuando salí me sentía peor que cuando llegué.

Entiendo que deberían hacer una mejor trabajo de triage, es decir, dividir las condiciones que son más urgentes para que pueda dárseles prioridad. Es absurdo que una persona con un dolor intenso tenga que esperar horas para que le administren un medicamento. También, las salas de espera deberían tener sillas más cómodas. Las personas con dolor se desesperan más rápidamente si tienen que esperar por horas sentados en sillas incómodas.

Pero lo más importante debe ser un personal de enfermería que demuestre empatía y que trabaje eficientemente. Ninguno salía a chequear a los pacientes que estaban en la sala, ya con sueros, y cuando uno entraba hasta donde estaban ellos porque necesitaba algo, primero te ignoraban por un espacio de tiempo, imagino que con la esperanza de que te fueras, y después, el que estaba más cerca finnalmente te miraba con cara de “qué quiere esta ahora?”

Lo peor es que a los pacientes cuyas condiciones no les permitan estar sentados en las sillas incómodas, los tiran en una camilla, en algún pasillo, donde pasan horas sin ninguna expectativa de privacidad. Eso fue precisamente lo que me pasó cuando me dijeron que me iban a internar y todavía tuve que esperar unas cinco horas para que me dieran cuarto.

Pero como les digo una cosa, también les digo la otra. Una vez me subieron al cuato, la experiencia cambió del cielo a la tierra. No tengo queja del personal de enfermería del piso cinco. Todos son muy eficientes y con un trato muy dulce.

Espero salir de aquí pronto, porque, a medida que paso más tiempo aquí, me voy sintiendo peor. A pesar que los médicos insisten en que mis resultados cada vez están mejor. No ayuda el hecho de que mientras he estado en el hospital a mi esposo y a mis dos hijos sí les dio chinkunguya. Y es desesperante estar aquí sabiendo que ellos me están necesitando.

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